Reflexiones sobre el mito de lo Ancestral Atemporal

La historia como proceso
Empecé a interesarme por
el problema de la memoria animado por
una necesidad personal de comprender el mundo, y no tanto porque lo considerase
culturalmente interesante: como todos vosotros, pertenezco a una generación
educada en
la tradición de lo nuevo, que ha instituido la creatividad (la
novedad) como valor intelectual supremo, tan potente que ha sido capaz de eclipsar cualquier otro horizonte.
El conjunto de nuestra civilización maneja de
una manera un tanto condescendiente los asuntos de la memoria, que por un lado se
subliman y reubican en el epicentro de las identidades colectivas (todos los discursos
nacionalistas cuentan con aparatosas narrativas históricas para legitimarse), y
por otro se banalizan al relegarlos a un protectorado, como si “
las huellas de la historia” fuesen
flores raras y frágiles que convienen ser resguardadas ante el canibalismo de
la modernidad que todo lo consume. Efectivamente todo lo histórico está
expuesto a la intemperie del
ahora,
el
tiempo real que no admite
desacato. He estudiado en la medida de las posibilidades la cuestión del
fin de la historia, y el tema abre un
acrisolado espectro de consecuencias políticas, estéticas, sociales y
existenciales.
Paradoja entre muchas es el hecho de que la derecha conservadora
haya defendido siempre la costumbre y la memoria históricas como tenedores de
la sabiduría de la Tradición,
mientras ahora es la izquierda la que utiliza la historia como argumento de
resistencia frente al ímpetu omnívoro de la revolución neocon. Cada punto de
vista, con sus correspondientes olvidos.