El paradigma historiográfico en
el que ha sido educado nuestro “sentido común” posmoderno ha llevado a nuestras
sociedades a considerar que el mundo es demasiado complejo y diverso como para
poder ser recogido en una única historia lineal, que cada uno cuenta las cosas
en función de sus intereses específicos y por tanto no hay posibilidad de
encontrar un relato “científico” que dé cuenta con rigor e imparcial de los
infinitos matices de los acontecimientos: toda tentativa de “historiología” es
un espejismo en el mejor de los casos, cuando no una truquiñuela
malintencionada para someter al pueblo mediante el secuestro de su memoria. Las
antiguas competencias de la historiografía han sido trasferidas al periodismo
(los verdadores narradores, inventores de sentido para el devenir
contemporáneo), y la operatividad que pudiese tener sobre la vida cotidiana
tiende a volverse cero.

