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miércoles, 20 de noviembre de 2013

La gentrificación del rural

El paisaje gallego (feo, pobre, mutante y bastardo) frente al imperio del turismo

Quizás el arquetipo que mejor defina la urbanidad del ciudadano contemporáneo sea la vieja figura decimonónica del flaneur: el paseante ocioso que disecciona el mundo sin más escalpelo que su mirada, ensimismado en el éxtasis íntimo de la contemplación de la metrópolis, rastreando comparecencias efímeras de lo sublime en la ruidosa efervescencia de la ciudad. El voyeur, el mirón, participa de la colectividad en calidad de espectador pasivo, expuesto a la barra libre de experiencias sensoriales que hacen de la ciudad el más exquisito de los espectáculos: la riqueza y diversidad que exhiben los paseantes en sus ademanes y atuendos, la orgía de consumibles que pueblan los escaparates, la cacofonía de representaciones seductoras llenando de sensualidad cada esquina. Y por supuesto, la visión de los cuerpos, de los cuerpos de los demás. Marshall Mcluhan equiparaba a la publicidad con un cebo cuyo objetivo fuese atrapar nuestra atención. El flaneur contemporáneo, el atónito habitante de las calles, cafés y centros comerciales, ha caído entonces presa de esa fabulosa trampa de los sentidos que es la ciudad, que en la era del postfordismo se ha transformado en una gigantesca máquina propagandística que busca publicitarse a sí misma como imagen de marca. El urbanismo contemporáneo tiende a operar, cada vez en mayor o menor medida, como marketing urbano: la ciudad verdaderamente eficaz es aquella capaz de atrapar la atención del voyeur gracias a la proliferación de fuegos de artificio para los sentidos.
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