Quizás el arquetipo que mejor
defina la urbanidad del ciudadano contemporáneo sea la vieja figura
decimonónica del flaneur: el paseante
ocioso que disecciona el mundo sin más escalpelo que su mirada, ensimismado en
el éxtasis íntimo de la contemplación de la metrópolis, rastreando
comparecencias efímeras de lo sublime en la ruidosa efervescencia de la ciudad.
El voyeur, el mirón, participa de la
colectividad en calidad de espectador pasivo, expuesto a la barra libre de
experiencias sensoriales que hacen de la ciudad el más exquisito de los
espectáculos: la riqueza y diversidad que exhiben los paseantes en sus ademanes
y atuendos, la orgía de consumibles que pueblan los escaparates, la cacofonía
de representaciones seductoras llenando de sensualidad cada esquina. Y por
supuesto, la visión de los cuerpos, de los cuerpos de los demás. Marshall Mcluhan equiparaba a la
publicidad con un cebo cuyo objetivo fuese atrapar nuestra atención. El flaneur contemporáneo, el atónito
habitante de las calles, cafés y centros comerciales, ha caído entonces presa
de esa fabulosa trampa de los sentidos que es la ciudad, que en la era del
postfordismo se ha transformado en una gigantesca máquina propagandística que
busca publicitarse a sí misma como imagen
de marca. El urbanismo contemporáneo tiende a operar, cada vez en mayor o
menor medida, como marketing urbano: la ciudad verdaderamente eficaz es aquella
capaz de atrapar la atención del voyeur
gracias a la proliferación de fuegos de artificio para los sentidos.

