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martes, 21 de enero de 2014

Anthropocene, o lo no-muerto

Decrecimiento, decadencia, deshumanización.





El proceso de urbanización del mundo ha afianzado a las ciudades como el hábitat hegemónico, y desde que en 2008 la población urbana mundial sobrepasase el 50% de la total (un porcentaje que continúa aumentando), la habitación humana parece irremediablemente encaminada hacia escenarios de gran concentración. Pero mientras las megalópolis crecen exponencialmente en los polos globales de atracción de inversión, el éxodo desde el rural u otras poblaciones en decadencia llenan la superficie del planeta con huellas y sombras de lo que un día fue hábitat humano y ya no lo es. El creciente nomadismo de los asalariados (que se ven obligados a cambiar de residencia en función de los intereses de los grandes agentes de poder mercantil) propicia rápidos y fortuitos despoblamientos de lugares que quedan así condenados a la ruina, y cuya decrepitud pasa desapercibida cuando todos los titulares se afanan en cantar la maravillas de las urbes en expansión. Una de las más macabras prerrogativas del capitalismo es su capacidad para convertir en obsoletos territorios de fuerte arraigo humano, que si no son capaces de converger a los dictámenes del casino global y la economía del ocio quedan marginados de la circulación de capital y por tanto a expensas de su capacidad de supervivencia autónoma, inviable en un marco económico como el actual.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

La gentrificación del rural

El paisaje gallego (feo, pobre, mutante y bastardo) frente al imperio del turismo

Quizás el arquetipo que mejor defina la urbanidad del ciudadano contemporáneo sea la vieja figura decimonónica del flaneur: el paseante ocioso que disecciona el mundo sin más escalpelo que su mirada, ensimismado en el éxtasis íntimo de la contemplación de la metrópolis, rastreando comparecencias efímeras de lo sublime en la ruidosa efervescencia de la ciudad. El voyeur, el mirón, participa de la colectividad en calidad de espectador pasivo, expuesto a la barra libre de experiencias sensoriales que hacen de la ciudad el más exquisito de los espectáculos: la riqueza y diversidad que exhiben los paseantes en sus ademanes y atuendos, la orgía de consumibles que pueblan los escaparates, la cacofonía de representaciones seductoras llenando de sensualidad cada esquina. Y por supuesto, la visión de los cuerpos, de los cuerpos de los demás. Marshall Mcluhan equiparaba a la publicidad con un cebo cuyo objetivo fuese atrapar nuestra atención. El flaneur contemporáneo, el atónito habitante de las calles, cafés y centros comerciales, ha caído entonces presa de esa fabulosa trampa de los sentidos que es la ciudad, que en la era del postfordismo se ha transformado en una gigantesca máquina propagandística que busca publicitarse a sí misma como imagen de marca. El urbanismo contemporáneo tiende a operar, cada vez en mayor o menor medida, como marketing urbano: la ciudad verdaderamente eficaz es aquella capaz de atrapar la atención del voyeur gracias a la proliferación de fuegos de artificio para los sentidos.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Andreas Angelidakis y el suburbanismo en la era tumblr

Producción seriada y circulación semiótica 

Andreas Angelidakis

1.
Los viejunos recordaréis aquellos entrañables monigotes que eran los Curris (en inglés doozers) de la inolvidable serie Fraggle Rock: era aquella especie que convivía pacíficamente con los protagonistas, con discreción y sin provocar conflictos, pues dedicaban todos sus esfuerzos a la edificación de unas extrañas e inútiles construcciones transparentes con sabor a caramelo, para deleite de los propios Fraggle, que las devoraban sin contemplación. Cada día los Curris construían nuevos edificios, y cada día los Fraggle se los comían como si fuesen frutas del bosque. En uno de los más memorables episodios del serial de Jim Henson,  Mokey (la Fraggle concienciada y ecologista: toda una Charo) llega a la conclusión de que sus compañeros deben ser más respetuosos con el trabajo de los Curris, cuyas esforzadas edificaciones son destruidas egoístamente por la glotonería Fraggle. Tras una ardua tarea de adoctrinamiento ético, Mokey finalmente consigue convencer a sus congéneres de que deben dejar de consumir las construcciones Curri, por aquello del hermanamiento entre las especies y el respeto a las formas de vida diferentes.
Lo paradoja de esta envenenada metáfora viene a continuación: los Curris continúan levantando nuevas estructuras mientras las antiguas ya no son devoradas, dándose la problemática circunstancia de que se han quedado sin espacio para construir, y se ven obligados a emigrar (con todo el dolor de su corazón) en busca de cuevas vacías en las que sí puedan seguir haciendo aquello que les gusta, aquello que saben hacer. Al término del episodio, los Fraggle deciden reanudar su costumbre de comerse las dichosas estructuras, con lo cual queda restablecido el orden anterior: en realidad, a los Curris les encantaba que los Fraggle devorasen las construcciones, pues eso es lo que daba sentido a su trabajo.
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