El proceso de urbanización del
mundo ha afianzado a las ciudades como el hábitat hegemónico, y desde que en
2008 la población urbana mundial
sobrepasase el 50% de la total (un porcentaje que continúa aumentando), la
habitación humana parece irremediablemente encaminada hacia escenarios de gran
concentración. Pero mientras las megalópolis crecen exponencialmente en los
polos globales de atracción de inversión, el éxodo desde el rural u otras
poblaciones en decadencia llenan la
superficie del planeta con huellas y sombras de lo que un día fue hábitat
humano y ya no lo es. El creciente nomadismo de los asalariados (que se ven
obligados a cambiar de residencia en función de los intereses de los grandes
agentes de poder mercantil) propicia rápidos y fortuitos despoblamientos de
lugares que quedan así condenados a la ruina, y cuya decrepitud pasa
desapercibida cuando todos los titulares se afanan en cantar la maravillas de
las urbes en expansión. Una de las más macabras prerrogativas del capitalismo
es su capacidad para convertir en obsoletos territorios de fuerte arraigo
humano, que si no son capaces de converger a los dictámenes del casino global y
la economía del ocio quedan marginados de
la circulación de capital y por tanto a expensas de su capacidad de
supervivencia autónoma, inviable en un marco económico como el actual.
Mostrando entradas con la etiqueta suburbanismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta suburbanismo. Mostrar todas las entradas
martes, 21 de enero de 2014
miércoles, 20 de noviembre de 2013
La gentrificación del rural
El
paisaje gallego (feo, pobre, mutante y bastardo) frente al imperio del turismo
Quizás el arquetipo que mejor
defina la urbanidad del ciudadano contemporáneo sea la vieja figura
decimonónica del flaneur: el paseante
ocioso que disecciona el mundo sin más escalpelo que su mirada, ensimismado en
el éxtasis íntimo de la contemplación de la metrópolis, rastreando
comparecencias efímeras de lo sublime en la ruidosa efervescencia de la ciudad.
El voyeur, el mirón, participa de la
colectividad en calidad de espectador pasivo, expuesto a la barra libre de
experiencias sensoriales que hacen de la ciudad el más exquisito de los
espectáculos: la riqueza y diversidad que exhiben los paseantes en sus ademanes
y atuendos, la orgía de consumibles que pueblan los escaparates, la cacofonía
de representaciones seductoras llenando de sensualidad cada esquina. Y por
supuesto, la visión de los cuerpos, de los cuerpos de los demás. Marshall Mcluhan equiparaba a la
publicidad con un cebo cuyo objetivo fuese atrapar nuestra atención. El flaneur contemporáneo, el atónito
habitante de las calles, cafés y centros comerciales, ha caído entonces presa
de esa fabulosa trampa de los sentidos que es la ciudad, que en la era del
postfordismo se ha transformado en una gigantesca máquina propagandística que
busca publicitarse a sí misma como imagen
de marca. El urbanismo contemporáneo tiende a operar, cada vez en mayor o
menor medida, como marketing urbano: la ciudad verdaderamente eficaz es aquella
capaz de atrapar la atención del voyeur
gracias a la proliferación de fuegos de artificio para los sentidos.
domingo, 10 de noviembre de 2013
Andreas Angelidakis y el suburbanismo en la era tumblr
Producción seriada y circulación semiótica

1.
Los viejunos recordaréis aquellos
entrañables monigotes que eran los Curris
(en inglés doozers) de la inolvidable
serie Fraggle Rock: era aquella
especie que convivía pacíficamente con los protagonistas, con discreción y sin
provocar conflictos, pues dedicaban todos sus esfuerzos a la edificación de
unas extrañas e inútiles construcciones transparentes con sabor a caramelo,
para deleite de los propios Fraggle, que las devoraban sin contemplación. Cada
día los Curris construían nuevos edificios, y cada día los Fraggle se los
comían como si fuesen frutas del bosque. En uno
de los más memorables episodios del serial de Jim Henson, Mokey (la Fraggle concienciada y ecologista: toda una Charo)
llega a la conclusión de que sus compañeros deben ser más respetuosos con el
trabajo de los Curris, cuyas esforzadas edificaciones son destruidas
egoístamente por la glotonería Fraggle. Tras una ardua tarea de adoctrinamiento
ético, Mokey finalmente consigue convencer a sus congéneres de que deben dejar
de consumir las construcciones Curri, por aquello del hermanamiento entre las
especies y el respeto a las formas de vida diferentes.
Lo paradoja de esta envenenada
metáfora viene a continuación: los Curris continúan levantando nuevas
estructuras mientras las antiguas ya no son devoradas, dándose la problemática
circunstancia de que se han quedado sin espacio para construir, y se ven
obligados a emigrar (con todo el dolor de su corazón) en busca de cuevas vacías
en las que sí puedan seguir haciendo aquello que les gusta, aquello que saben
hacer. Al término del episodio, los Fraggle deciden reanudar su costumbre de
comerse las dichosas estructuras, con lo cual queda restablecido el orden
anterior: en realidad, a los Curris les encantaba que los Fraggle devorasen las
construcciones, pues eso es lo que daba sentido a su trabajo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


