El proceso de urbanización del
mundo ha afianzado a las ciudades como el hábitat hegemónico, y desde que en
2008 la población urbana mundial
sobrepasase el 50% de la total (un porcentaje que continúa aumentando), la
habitación humana parece irremediablemente encaminada hacia escenarios de gran
concentración. Pero mientras las megalópolis crecen exponencialmente en los
polos globales de atracción de inversión, el éxodo desde el rural u otras
poblaciones en decadencia llenan la
superficie del planeta con huellas y sombras de lo que un día fue hábitat
humano y ya no lo es. El creciente nomadismo de los asalariados (que se ven
obligados a cambiar de residencia en función de los intereses de los grandes
agentes de poder mercantil) propicia rápidos y fortuitos despoblamientos de
lugares que quedan así condenados a la ruina, y cuya decrepitud pasa
desapercibida cuando todos los titulares se afanan en cantar la maravillas de
las urbes en expansión. Una de las más macabras prerrogativas del capitalismo
es su capacidad para convertir en obsoletos territorios de fuerte arraigo
humano, que si no son capaces de converger a los dictámenes del casino global y
la economía del ocio quedan marginados de
la circulación de capital y por tanto a expensas de su capacidad de
supervivencia autónoma, inviable en un marco económico como el actual.

