Cuando una civilización zozobra
al atravesar una crisis de identidad,
suele recurrir al Superyo
común que serpentea bajo su ideología (¿el super-nosotros?)
para atenuar sus inquietudes. Y eso en la mayoría de los casos deriva en la reivindicación del Clasicismo, un universo
sublimado y más o menos ficticio que toma cuerpo como un repertorio de comandos
éticos y estéticos que encarnarían las virtudes ideales a las que aspira dicha
civilización. Por lo general, las pesadumbres del pathos colectivo encuentran su sosiego en la nostalgia de valores
ancestrales cuya pérdida habría sido la causa de los desvelos del presente: el
duelo ideológico de una civilización que
ha dejado de creer en sí misma busca alternativas polarizadas o pendulares,
cuando para algunos la solución pasa por abrazar la creatividad visionaria en un salto sin red hacia el futuro, mientras para otros
conviene recuperar la infalibilidad de la
sabiduría ancestral de un tiempo pasado. En la historia de la arquitectura
el retorno a Grecia y Roma sirvió como placebo eficaz cada vez que Europa ha
necesitado reencontrarse consigo misma, y desde el renacimiento a la
posmodernidad el espectro de Parménides y Agripa siempre ha sido invocado más o
menos explícitamente durante las diferentes crisis epocales de cada lenguaje. Del mismo modo que el dinero siempre vuelve
al oro en escenarios de pánico financiero, el imaginario grecolatino es el valor refugio al que vuelve la
arquitectura en tiempos tempestuosos.

