lunes, 7 de octubre de 2013

Urbanismo sin urbanística #1. Manada y enjambre

Inconsciente colectivo y la forma de la ciudad (del animal humano)



Las especies más solventes del reino animal en la realización de arquitecturas suelen pertenecer al filum de los artrópodos: hormigas, abejas, termitas o arañas construyen fabulosas y muy sensatas estructuras para cubrir sus fines, con mayor sofisticación geométrica y complejidad diagramática que los nidos de los pájaros o las presas de los castores. No es casual que se trate de animales muy pequeños, pues la manufactura del propio hábitat les permite exceder las limitadísimas capacidades de su cuerpo. En eso son muy similares a los humanos: la tecnología es para el insecto constructor no sólo un “refugio”; sino un auténtico sistema productivo esencial para la supervivencia de cada individuo y de la comunidad. La existencia de las hormigas es indiscernible del territorio que habitan y construyen, hasta el punto de que éste llega a ser una extensión necesaria de su propio organismo. Muchos insectos son especies urbanas, incapaces de sobrevivir sin el amparo de sus guaridas, que funcionan simultáneamente como su vivienda, su fortaleza y su fábrica.

El animal humano tendrá por filiación genética mucho de lobo, de primate o de hiena, pero su comportamiento es mucho más insectívoro de lo que solemos considerar y reconocer: por concentración de habitantes, nuestras comunidades ya no siguen patrones de comportamiento típicas de manada (formadas como máximo por unos cientos de ejemplares), sino que se asemeja mucho más al de las populosas megaciudades de hormigas o abejas. El urbanismo participativo a menudo obvia considerar la articulación escalar de los modos de socialización: el comportamiento de “manada” que se atribuye a las relaciones de vecindad teme aceptar que quizás nuestro cuerpo colectivo es el mucho más insectívoro, estadístico y complejo del “enjambre”, donde la identidad del individuo adquiere relaciones diferentes en relación a “la masa”. Pero desde un punto de vista económico, no cabe duda de que el factor que determina el tamaño y los límites de una comunidad es su integridad productiva. No todas las hormigas de una colonia se conocen entre sí, pero la actividad de cada una de ellas forma parte de un orden superior que ignoran, pero que las distribuye y constituye como sujetos. ¿Tenemos miedo a estudiar nuestras ciudades desde la metáfora del enjambre (anonimato e impersonalidad), y no ya el de la manada (personalismo y fraternidad)? Ambas barras de medida trabajan en escalas diferentes (lo inmediatamente local de la manada, vs. el orden top > down del enjambre) cuyos modos y grados de interdependencia están todavía indeterminados en la era de la globalización.
Este enigma de lo Glocal está produciendo una curiosa polarización ideológica: cierta izquierda cooperativista sobresignifica la potencia política de los asuntos de las vecindades inmediatas (como espacio utópico en el que reverdecer los laureles de una “humanidad” fraternal en decadencia) mientras la derecha gestiona libremente los grandes flujos del enjambre planetario sirviéndose de las nuevas tecno-ciencias objetivistas. Las revoluciones de las redes sociales son presentadas a menudo como la herramienta trasversal a ambas escalas, pero las comunidades virtuales que promueven se constituyen no tanto por intereses compartidos, como por afinidades estéticas. La revolución del siglo XXI se dará cuando un joven operario de una fábrica en China y un profesional liberal de mediana edad en Portugal articulen sus acciones para que éstas incidan no sólo en sus respectivas manadas, sino también en la generalidad del “enjambre” al que ambos pertenecen.


Una relectura zoológica del inconsciente colectivo

Lo sorprendente de la fabril habilidad de las hormigas para coordinar las complicadas tareas comunitarias que realizan  es inversamente proporcional al tamaño del cerebro de estos animales. ¿Cómo es posible que sujetos con sistemas neuronales tan precarios sean capaces de llevar a cabo en perfecta coordinación emprendimientos que implican la sincronicidad perfecta de millones de individuos? Los zoólogos y etólogos que han estudiado esta cuestión han llegado a la conclusión de que la actividad de un hormiguero adquiere sentido si se contempla no como un agregado o ensamblaje de acciones individuales, sino como el comportamiento de una única entidad que técnicamente han dado en llamar “superorganismo”: colectivos en los que las acciones y reacciones de la comunidad en cuanto tal determinan el comportamiento de cada individuo. Es decir, para analizar el comportamiento de una colonia de abejas o termitas se considera que éstas actuarían como un único agente, algo así como una súper-mente: un único animal que no tuviese un solo cuerpo, sino millones de ellos, pero actuando en perfecta univocidad.
Al contar con sistemas de percepción e intelección tan primarios (muchas hormigas, por ejemplo, son completamente ciegas) el funcionamiento armónico de sus comunidades se consigue mediante sencillas cadenas semióticas a base de signos que desencadenan o interrumpen flujos, recurriendo a procesos que los científicos estudian fundamentalmente mediante la cibernética (sistemas sintácticos pero no semánticos). El movimiento de cada hormiga es una reacción automática a la información que le llega en cada momento (un rastro, un olor, una señal de cualquier tipo a la que reacciona sin buscarle un significado), cuya respuesta ni decidirá ni razonará: cada individuo se limita a hacer aquello que tiene que hacer, sin saber siquiera cuál es la estructura general y de orden superior en la que se inscribe su trabajo. Cuando una hormiga contribuye a la construcción de un hormiguero, ni siquiera sabe lo que está haciendo, es un “robot” programado para excavar y lo hace sin conocimiento de causa: evidentemente, como metáfora política ilustra la enajenación plena del individuo en una estructura social totalitaria, y no es casual que narraciones como “Rebelión en la granja” o “Antz” se hayan servido de la sumisión animal como alegoría de los ejercicios de dominación entre humanos. Lo desconcertante es que tampoco la Hormiga Reina es consciente en absoluto de cómo funciona la cadena social a la que pertenece, y en la que participa con el mismo desconocimiento que las obreras… pero ya Marx y Hegel advirtieron que también “el dominador está dominado por su dominación”.
Lo desconcertante del comportamiento de las comunidades animales aparece cuando buscamos extrapolarlo a las sociedades humanas, y especulamos con la posibilidad de que nuestra especie forme también algún tipo de “superorganismo” cuyos secretos designios biológicos nos gobernasen pese a nuestro desconocimiento de ellos: insisto que lo más desconcertante del comportamiento de las colonias de hormigas o termitas es su indiferencia y desconocimiento de lo que hacen, al estar guiadas por automatismos biológicos que controlan sus acciones más allá de su voluntad. Tradicionalmente, occidente ha considerado de uno u otro modo que lo específico de lo humano es su razón instrumental, es decir, su capacidad para actuar libremente al contar con una conciencia decisional que le permite escoger individualmente las acciones más convenientes. Nuestro libre albedrío sería lo que nos sonsaca del reino animal, y la condición fundante de la humanidad como esencia plena y diferenciada. Sin embargo esa presuposición ha sido desactivada en la ciencia moderna a consecuencia del trabajo de Darwin, Freud o Marx: ni somos una especie escindida de la naturaleza, ni nuestra conciencia es gobierna nuestras acciones, ni la sociedad es el resultado de la conjugación de agentes individuales. No me detendré en desarrollar este punto, así que propongo directamente que de este tipo de aproximaciones post-humanistas se deduciría una Teoría de la Acción Humana en la que ésta estuviese radicalmente fundada en la enajenación mediante un inconsciente colectivo como función biológica.
Esta idea ya estaba implícita en el Antiedipo, y la transposición del inconsciente propuesta por Deleuze, que lo sustrae de la superestructura y lo sumerge en las profundidades de la infrastructura: el inconsciente ya no es ese teatro burgués de las fruslerías del Yo perfilado por el psicoanálisis, sino una fuerza biológica (más aún, telúrica, puramente matérica) anterior y subsistente a toda libertad y todo logos. El deleuzianismo está recorrido en ese sentido por una frialdad aterradora heredada de Spinoza, por más que algunos “rizomátios” desnortados quieran encontrar en su pensador de cabecera al salvador del humanismo. “Mil Mesetas” puede resumirse como una meditación en torno al primado de la materia sobre la conciencia, y los capítulos dedicados a los lobos, la geología, el “population thinking” y el rizoma trasversalizan la vieja fórmula jungiana del “inconsciente colectivo” hasta hacerlo converger con el modo de actuar de los super-organismos.


De ahí al estoicismo o hay más que un paso deductivo: ya que lo que hacemos no es responsabilidad de nuestra voluntad (pues ésta no es más que la propiedad emergente mediante la cual los requerimientos biológicos invisibles se autogestionan) no queda más opción que la de aceptar dignamente nuestro destino, que no es otro que el que la vida tiene preparado para nosotros. Ya el cristianismo tomó nota de la enajenación nuclear al ser humano con el nunca bien ponderado aforismo de “Perdónales señor, porque no saben lo que hacen”. Ya Marx había advertido esta cuestión al considerar que la entrada del hombre en la Historia era consecuencia de la lucha de clases, una idea muy fácil de entender por comparación con otras especies animales. Se cree que las colonias de hormigas de hace 60 millones de años eran prácticamente idénticas a las actuales, de tal modo que en dicha especie no hay “historia”, puesto que los esclavos del hormiguero aceptan su sino sin rechistar, y no hay dinamismo social posible. El ser humano en cambio es capaz de modificar infinitamente sus articulaciones colectivas precisamente porque en los momentos clave las “hormigas trabajadoras” se sublevan contra el destino que les acarrea dicha condición, para así (supuestamente) trascender su determinismo zoológico. Casi todos los etólogos afirman que el ser humano no puede ser considerado un super-organismo porque nuestro raciocinio y reflexividad nos hacen indeterminables, pero los seguidores de Rupert Sheldrake o Bruce Lipton tenemos nuestras dudas al respecto: quizás sí somos una máquina engrasada por un inconsciente colectivo invisible para nosotros, y nuestro albedrío sea el resultado de la sintonización que nuestro cerebro realiza de la conciencia flotante, impersonal y pre-antrópica, que los lectores de mis anteriores blogs sabrán intuitivamente articular con la crítica de los agentes absolutos implícita en el post-humanismo y la teoría del actor-red. La postura de alguien como Agamben puede ser leída como nostálgica de cierto humanismo, o al menos de cierta dignidad ontológica propia de la “forma de vida” a diferencia de la nuda vida desechable (y (ejem) propia de insectos), aunque quizás el modelo de inconsciente colectivo que propongo viene a ser una reinterpretación de los análisis de Agamben prescindiendo de su etiología política: la historia del hombre pasaría a ser considerada zoológicamente la evolución natural de un especie animal, y por tanto los fenómenos biopolíticos (e incluso las tomas de conciencia de clase y demás desencadenamientos emancipadores) se relocalizarían en el campo de lo infraestructural



En esta arquitectura filosófica hay un concepto clave en el que se compromete la estabilidad y especificidad del ser humano: la cultura. En realidad, los etólogos llevan décadas erosionando la supremacía ontológica de lo cultural como dignidad exclusiva a nuestra especie, pues en zoología se acepta sin controversias que los animales también articulan sus hábitos con formas culturales. El hecho de que los lobos “no hablen”, “no construyan” o “no se vistan” no es óbice para que la dinámica de las manadas no responda a formalidades hondamente culturales de todo tipo: hay toda una semiótica animal, con un amplio repertorio de rituales e incluso símbolos, complejas pugnas por la soberanía, e incluso muestras de padecimientos puramente estéticos. Esto no implica que la “cultura human” sea un espejismo epistemológico, sino que es un caso particular de una propiedad universal de la vida (e incluso de todo el cosmos) como es la autoorganización mediante procesos sígnicos, y por tanto informacionales. Aquello que llamamos “Cultura” en nuestra tratadística (para entendernos: el conjunto de discursos y prácticas que componen las competencias de cada Ministerio de Cultura) no es más que la punta del profundísimo  iceberg de nuestras determinaciones biológicas, irremediablemente inconscientes.
Este punto de vista es al menos el más habitual en disciplinas contemporáneas como la cibernética o los cognitivismos behaviouristas, que se ven obligados a hacer malabarismos retóricos para salvar en sus discursos la consistencia de “lo humano”, tarea seguramente condenada al fracaso al menos desde Darwin. No es casual que uno de los arquetipos fantasmáticos del folk urbano contemporáneo sea precisamente el del Zombie, que es en cierto sentido un humano convertido en insecto: perdida la cultura, carece de empatía y sólo puede actuar como un autómata al servicio de sus apetitos. El “Zombie” es el monstruo por antonomasia para la época que vivimos, que como dije al principio está caracterizada por el tránsito desde el paradigma de la “manada” al del “enjambre” o el “hormiguero”: sociedades tan populosas que nos obligan al desconcierto de convivir pacíficamente con desconocidos, a ser un alien entre aliens. Lo que los deleuzianismos más progresistas saben aprovechar de esta coyuntura es apropiarse gozosa y afirmativamente de esta nueva condición insectívora de las sociedades humanas, sin nostalgias por los compadreos bucólicos de la vecindad aldeana, ni hipócritas apelaciones a confusas alianzas de civilizaciones transoceánicas. El esquizoanálisis puede leerse como la histerización de la cultura para sintetizarla de nuevo con lo que siempre ha sido: ímpetu biológico.

Los arquitectos de nuestra generación estamos fascinados por la increíble solvencia de los habitats informales, que al hilo de nuestro discurso vendrían a ser aquellos que escapan a la determinación soberana de la Cultura. Crecidos al margen de planificaciones y legislaciones, los asentamientos no reglados parecen ilustrar la capacidad innata de nuestra especie para producir su territorio sin la tutela de las voces autorizadas, y por tanto, al exceder descortesmente las cortapisas de la urbanística de libro, serían el resultado de un instinto espontáneo y sorprendentemente eficaz para proveerse de urbanidades a voluntad y sin injerencias de “la cultura. Cualquiera de esas conurbaciones tercermundistas sería entonces ejemplo de grado cero del hábitat humano, aquel en el que éste actúa de acuerdo a impulsos estrictamente animales (ya que no culturales). Ahora bien, por asombrados que nos mostremos ante las ingeniosas y desprejuiciadas soluciones que encontramos en el territorio informal, a menudo caemos en trampas intelectuales muy problemáticas: por un lado, en ocasiones se construyen dudosos discursos morales que defienden la informalidad por lo que tiene de honestidad cultural, autodeterminación de las formas de vida, y emancipación respecto a la estratificación reglada propia de la urbanística (en ciertos círculos, el culto a lo informal se legitima por su oposición al orden hegemónico del capitalismo, cuando en realidad no hay nada de eso en prácticamente ningún caso). Así visto, lo informal” adquiere su dignidad del espontaneismo del buen salvaje que, a sabiendas o no, se desmarca de la dialéctica del amo y el esclavo. Pero el principal problema que encuentro a las lógicas de los territorios no reglados, es la dificultad de acotar con precisión qué es formalidad, y más difícil todavía, qué no lo es.
Vuelvo a la hipótesis del super-organismo, del comportamiento instintivo de las hormigas, que construyen sus ciudades sin tener un plan que seguir. Habiendo estudiado las ciudades en las que viven, sorprende que se trata de espacios muy estructurados y articulados, con una serie de habitáculos secuenciados según un orden estricto, y cuyas “autopistas” internas son suficientemente sofisticadas para adaptarse a pendiente del terreno, composición geológica, humedad, etc. Instintivamente, construyen ciudades tan compactas como las de la imagen. 


Partiendo de un diagrama general más o menos rígido y más o menos flexible, se vas adaptando a los accidentes del terreno en función de las necesidades de la colonia: espacios para el almacenamiento de alimentos, protección contra huéspedes hostiles, el “palacio” de la reina, zonas específicas para cada uno de los tipos de operarios del hormiguero… Una ciudad eficaz y sólidamente formalizada, que sin embargo no ha sido “pensada” por nadie: es producto del instinto, o lo que es lo mismo, del inconsciente. ¿Por qué entonces el urbanismo informal de las periferias de Rio o DF se muestran tan aparentemente informes o homogéneos? ¿Acaso los humanos tenemos un instinto inferior al de las hormigas?
Es una pregunta complicada, pero en esto vuelvo a Marx: nosotros no somos hormigas, porque nosotros tenemos historia, así de simple. Historia como acontecimiento, como realidad de lo intempestivo (pues la sustancia de lo histórico es siempre subversiva, su cuerpo se realiza en la disrupción y la ruptura). Nada más nos diferencia de cualquier otra especie: al tener memoria y haber optado por la lucha de clases, el “super-organismo” de cada comunidad humana no es reductible a los rígidos e inmovilistas patrones sociales de los hormigueros. Si una comunidad de hormigas montase su pequeña revolución, sus hábitats ganarían en entropía, pues la forma urbana es ante todo correlato de especialización y orden social, es decir, de cultura, de historia.. Los asentamientos informales presentan en la práctica totalidad de los casos dos pautas insistentes: se trata de urbanidades jóvenes, y habitadas por personas de un mismo rango social. Es decir, en ellas no hay estratificación temporal ni cultural: son potencialidad pura, como un relato de final abierto. Aquello que llamamos “asentamientos informales” seguramente no sean más que efecto de nuestra perspectiva: descontamos que el orden social que ilustra (y produce) sigue reglas secretas que, en cuanto pura táctica de supervivencia inmediata, está condenado a que la historia se aproveche de sus potencias y latencias para incorporarlas al orden estratégico, formal, del enjambre.
Cierro estas especulaciones recomendando el interesante documental “Koolhaas / Lagos”, en el que el que en su día fuera el gran valedor de la no-planificación, termina por caer fascinado ante la potencia de la urbanística al estudiar la capital de Nigeria: lo que en principio era un bullicioso y anárquico hervidero de urbanidades excéntricas, termina por ir encontrando su propia “forma” a medida que la historia va estratificando y especializando lo que al principio era acumulación espontánea. En términos deleuzianos, el espacio liso del Lagos de los 90 va poco a poco transformándose en un organismo, ahormándose al diagrama de un cuerpo jerarquizado. Quizás, contraintuitivamente, la organización de las manadas sea más anárquica y dinámica que la de los enjambres. A quien encuentre sugerentes estas reflexiones, le recomiendo la lectura de este texto,  que viene a ser el punto de partida de una estrategia de pensamiento cuyo desenlace está todavía por producir.








1 comentarios:

  1. Si alguien no ha visto el documental Koolhaas / Lagos, en los comentarios de este enlace dejan un torrent que funciona bien (en otras páginas hay fakes a cascoporro):
    http://www.plataformaarquitectura.cl/2012/03/28/cine-y-arquitectura-lagos-koolhaas/

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